Turismo rural: un amortiguador en tiempos de covid-19 y una oportunidad para el desarrollo sostenible
Por Mariana Barrera
La crisis sanitaria del covid-19 cristalizó una urgencia
preexistente: la de repensar el desarrollo territorial de Argentina. La
concentración del virus en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) deja en
evidencia la fragilidad del sistema: el 40 % de la población vive en una misma
mancha urbana, una megaciudad que solo ocupa el 0,5 % del territorio nacional
pero concentra cerca del 40 % del PBI.
Como toda crisis, la pandemia pone a prueba la inteligencia
y creatividad de las políticas públicas: ¿cómo reactivar la economía argentina
sin recursos y con un mundo en crisis, mientras la sociedad diseña y se adapta
a las reglas de juego de una nueva normalidad? El mundo es cada vez más urbano
y más globalizado. Por primera vez en la historia, la mayoría de la población
vive en ciudades, que son las principales generadoras de valor, pero también,
las principales fuentes de contaminación y fragmentación socioespacial. La
urbanización vino acompañada por la desaparición de las fronteras económicas,
políticas, tecnológicas y culturales, contribuyendo al surgimiento de una
cultura única, donde las decisiones y acciones locales son influenciadas por
dinámicas externas. El mundo va camino a ser un gran pueblo global. En este
marco, los individuos buscan diferenciarse y crece la demanda por la no ciudad
y por los productos boutique (no a las commodities). La tendencia contraurbana
busca acercarse al mundo rural que tiene como protagonistas a los recursos
naturales y a la singularidad cultural y productiva.
En contraposición, se presenta la desrruralización que se
origina en la pérdida de competitividad de la agricultura tradicional y en la evolución
de la agricultura industrializada que requiere cada vez menos tierra, más
capital y menos mano de obra. El resultado son grandes extensiones sin cultivar
y el crecimiento de la pobreza rural, que solo se reduce gracias a la
migración. De acuerdo con la FAO, en Latinoamérica la pobreza rural triplica la
pobreza urbana. Lo paradójico es que en el ambiente rural, donde los agricultores
tienen una calidad de vida marginal, es donde los recursos de la tierra y de la
cultura se conservan mejor.
En este contexto, surge la necesidad de proponer un modelo
de desarrollo alternativo, que impulse actividades que agreguen valor económico
a los recursos existentes, como puede ser el caso del turismo. En particular,
el turismo rural le da respuesta a la necesidad del mundo urbano y, al mismo
tiempo, le ofrece al campo la oportunidad de diversificarse, generando arraigo
y empleo no agrícola, donde las mujeres y los jóvenes son los protagonistas.
La pandemia por el covid-19 intensifica y profundiza este
proceso. Producto del cierre de las fronteras, lo cercano es una oportunidad y
es necesario organizarlo, aprovecharlo y consolidarlo. A su vez, en la nueva
realidad, donde la distancia social y el aire libre son los grandes ordenadores
de la vida cotidiana, crece la demanda por el campo y, el turismo rural se
posiciona como uno de los potenciales amortiguadores de la crisis, en
contraposición al turismo de masas.
El desafío es generar una estrategia que promueva un
desarrollo endógeno y sustentable. El potencial del turismo rural no solo
reside en las condiciones que fomentan la demanda, sino en las bajas barreras
de entrada que tiene la oferta. La puesta en valor de los recursos locales
(cultura, producción y naturaleza) se basa en la utilización de la capacidad
ociosa y en las inversiones pequeñas necesarias para reacondicionar los
establecimientos (pintar o sumar algún dormitorio o baño). Ahora bien, las
bondades del turismo rural también pueden ser su principal detractor: si su
desarrollo no es guiado por una estrategia general y queda librado a la
capacidad organizativa de agricultores y productores atomizados, el crecimiento
que pueda promover el contexto actual no será sostenible.
El turismo, un sector estratégico, responsable del 10 % del
empleo mundial, debe entenderse como una estrategia de desarrollo territorial,
donde el Estado genera incentivos para que las empresas establezcan alianzas,
se integren y desarrollen zonas rurales competitivas para ofrecerle a los
turistas no solo alojamiento sino experiencias de calidad y amigables con el
medioambiente. Frente a la nueva realidad, el desafío es aun mayor, ya que
deben generarse políticas públicas activas que promuevan la articulación y la
generación de protocolos que garanticen higiene y seguridad al turista y al
residente.
La conectividad es un requisito imprescindible, y resulta
necesaria la articulación de cuatro elementos adicionales:
- Coordinación: el desarrollo de circuitos turísticos se basa en la articulación de ideas y la vinculación de una oferta estructurada, flexible, variada y profesionalizada. Esta visión prioriza la expansión de micro y pequeñas empresas.
- Capacitación: el turismo ofrece nuevas oportunidades laborales a personas cuyo entrenamiento y experiencia difieren de los requeridos en la actividad que se plantea. La capacitación es un instrumento esencial para la calidad y sostenibilidad del servicio.
- Información: no es simplemente comunicación. La información debe ser accesible, clara y transparente. La experiencia del turista empieza en una pantalla y debe ser de calidad desde el inicio.
- Generación de datos: es necesaria para la integralidad de toda política pública. Garantiza la transparencia, permite medir resultados e identificar mejores prácticas para escalarla y replicarla.
El turismo rural tiene el potencial de abarcar todo el país
y a miles de microempresas, pero requiere de una política activa, coordinada
entre distintos organismos y niveles de gobierno. La debilidad en la
arquitectura institucional es uno de los grandes desafíos a abordar. El gran
riesgo que se debe evitar es que el único objetivo sea diversificar la oferta
turística, perdiendo de vista el espíritu inicial: promover una estrategia de
desarrollo económico local, de lucha contra la pobreza rural, de generación de
empleo y de género. En otras palabras, si no se aborda de forma
multidisciplinaria, existe el riesgo de que quienes se apropien del beneficio
que genera la actividad sean inversores externos y que el costo del desarrollo
lo paguen los residentes locales, atentando contra su identidad, cultura,
recursos naturales y la sostenibilidad de largo plazo.
(*) Pospandemia. 53 políticas públicas para el mundo que viene. Centro de Evaluación de Políticas basadas en Evidencia
(CEPE), Universidad Torcuato Di Tella (2020).