El calor urbano no es inevitable


Elmira Jamei 
Universidad de Victoria

Esta semana, Victoria registró su día más caluroso en casi seis años. El martes, las localidades de Walpeup y Hopetoun, al noroeste, alcanzaron los 48.9°C, y la temperatura en partes de Melbourne superó los 45°C. Varias ciudades del sur de Australia también batieron récords de calor.

Esta ola de calor no es un caso aislado. Es una señal de advertencia.

Estas condiciones meteorológicas rivalizan con el calor extremo observado en el periodo previo al Verano Negro de 2019-20, y apuntan a un futuro en el que días como este ya no sean raros, sino habituales.

Lo que hace que este verano sea tan confrontador no es solo lo caluroso que ha sido, sino esto: Australia ya sabe cómo enfriar las ciudades y, sin embargo, no lo estamos logrando. ¿Por qué?

 

Calor urbano

Las ciudades se calientan más rápido y permanecen más calientes que las zonas circundantes debido a la forma en que se construyen. El desarrollo denso, las superficies de carreteras oscuras, la sombra limitada y los edificios que atrapan el calor y dependen en gran medida del aire acondicionado crean el efecto de isla de calor urbana.

Esto significa que las ciudades absorben grandes cantidades de calor durante el día y lo liberan lentamente por la noche, lo que impide que la ciudad se enfríe incluso después de la puesta del sol. Durante las olas de calor, este calor atrapado se acumula día tras día y eleva las temperaturas mucho más allá de lo que las personas pueden tolerar de forma segura.

Se espera que la urbanización futura amplifique el calor urbano proyectado, independientemente de las condiciones climáticas de fondo. El cambio climático global está empeorando el efecto de isla de calor urbana, pero gran parte del calor que experimentamos en las ciudades se ha incorporado a través de décadas de decisiones de planificación y diseño.

 

El calor es una crisis de salud y equidad

Las olas de calor ya matan a más de 1100 australianos cada año, más que cualquier otro peligro natural. El calor extremo aumenta el riesgo de enfermedades cardíacas y respiratorias, empeora las enfermedades crónicas, altera el sueño y satura los servicios de salud.

Las viviendas mal diseñadas e insuficientemente aisladas, especialmente en los alquileres y las viviendas sociales, pueden convertirse en trampas de calor. Las personas con bajos ingresos son las que menos pueden permitirse una refrigeración eficaz, lo que empuja a muchas a la deuda energética o las obliga a soportar temperaturas peligrosamente altas. El calor urbano profundiza las desigualdades existentes. Quienes menos contribuyeron al problema suelen ser quienes cargan con la mayor responsabilidad.

 

Australia tiene experiencia, pero no ambición

He aquí la paradoja. Australia es un importante contribuyente a la investigación mundial sobre el calor urbano. Investigadores australianos están desarrollando herramientas nacionales para medir y mitigar el calor urbano, y estudios de ciudades como Melbourne han cuantificado la intensidad de la isla de calor urbana e investigado cómo el diseño urbano puede influir en el estrés térmico.

Además, Australia ya cuenta con las tecnologías para enfriar las ciudades, desde revestimientos reflectantes y pavimentos resistentes al calor hasta sistemas de sombreado avanzados. Sin embargo, muchas de nuestras ciudades siguen siendo peligrosamente calurosas. El problema no es la falta de soluciones, sino el fracaso a la hora de desplegarlas a gran escala.

A nivel internacional, nos estamos quedando atrás con respecto a países donde los proyectos de mitigación de calor a gran escala ya están reduciendo las temperaturas urbanas, recortando la demanda de energía y salvando vidas.

Por ejemplo, París ha adoptado una estrategia para toda la ciudad con el fin de crear islas frescas, transformando espacios públicos y patios escolares en lugares sombreados y más frescos que reducen el estrés térmico durante las olas de calor.

En China, el programa Ciudad Esponja, que ya se aplica en ciudades como Shenzhen y Wuhan, utiliza infraestructuras verdes y diseños sensibles al agua para enfriar las zonas urbanas y reducir el estrés térmico.

 

El cambio simbólico no puede hacer frente al desafío

Con demasiada frecuencia, la política de calor urbano se detiene en pequeñas acciones simbólicas: un parque de bolsillo aquí, un programa de plantación de árboles allá. Estas medidas son importantes, pero no son suficientes para la escala del desafío.

Verdecer las ciudades es esencial. Los árboles enfrían las calles, mejoran el confort térmico y aportan múltiples beneficios sanitarios y ambientales. Pero la vegetación tiene límites. Si los edificios siguen estando mal aislados, las carreteras siguen absorbiendo calor y la demanda de refrigeración sigue aumentando, los árboles por sí solos no protegerán a las ciudades de las temperaturas extremas en las próximas décadas.

El calor urbano es un problema de sistemas complejos. Surge de la forma en que se construyen las ciudades y está configurado en gran medida por los materiales de construcción, los códigos de edificación, los sistemas de transporte y las decisiones de planificación consolidadas a lo largo de generaciones. Los científicos saben mucho sobre cómo reducir el calor urbano, pero muchas respuestas siguen siendo fragmentadas e intuitivas en lugar de sistémicas.

 

Diseñando un futuro incómodo

Las investigaciones sugieren que incluso si el calentamiento global se limita a menos de 2°C, las olas de calor en las principales ciudades australianas podrían acercarse a los 50°C para el año 2040. A esas temperaturas, las respuestas de emergencia por sí solas no serán suficientes. Más allá de ciertos umbrales de temperatura, los cambios de comportamiento, las advertencias públicas y los centros de enfriamiento no pueden proteger totalmente a las personas.

Las decisiones que tomemos ahora sobre edificios, calles, materiales y sistemas energéticos determinarán si las ciudades australianas se vuelven cada vez más inhabitables o siguen siendo lugares donde la gente puede vivir, trabajar y envejecer de forma segura.

La batalla contra el calor urbano se ganará o se perderá a través del diseño, la tecnología, la innovación y la voluntad política. Las ciudades deben desplegar materiales frescos avanzados en techos, edificios y carreteras, en combinación con soluciones basadas en la naturaleza. Esto solo funcionará si los gobiernos utilizan incentivos para recompensar el diseño seguro frente al calor. El calor debe planificarse sistemáticamente, no tratarse como un problema cosmético.

Con liderazgo y un puñado de proyectos a gran escala bien diseñados, Australia podría pasar de ser un rezagado a un líder. Tenemos la ciencia. Tenemos la industria. Tenemos las soluciones. El calor está aquí. La única pregunta real es si actuamos o seguimos absorbiéndolo.

The Conversation. Traducción: Horacio Shawn-Pérez

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