El trabajo y la pobreza, según Zygmunt Bauman
En España, los últimos datos sobre pobreza y exclusión
social confirman una paradoja inquietante: la economía crece, el empleo aumenta
y algunos indicadores mejoran levemente. Sin embargo, millones de personas
continúan atrapadas en situaciones de precariedad estructural.
El XV Informe sobre el estado de la pobreza de la Red
Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social en el Estado Español
(EAPN-ES) muestra que la relación entre empleo y pobreza es más frágil de lo
que suele asumirse. El 11,7 % de las personas ocupadas se encuentra en
situación de pobreza y, al mismo tiempo, el 32,9 % de la población pobre tiene
un empleo, frente a un 20,6% que está en paro.
Estos datos indican que el empleo reduce la probabilidad de
pobreza, pero no garantiza por sí solo unas condiciones de vida suficientes.
Cuando el mercado laboral genera trabajos mal remunerados, inestables o a
tiempo parcial involuntario, una parte significativa de la población ocupada
permanece en situación de pobreza. Por ello, el debate sobre la reducción de la
pobreza no puede centrarse únicamente en el acceso al empleo, sino que debe
incorporar la calidad del trabajo y el marco normativo que lo regula.
Lejos de tratarse de una disfunción coyuntural, esta
realidad encaja con notable precisión en el diagnóstico que Zygmunt Bauman
formuló hace más de dos décadas en su obra Vidas
desperdiciadas: La modernidad y sus parias.
Las sociedades contemporáneas, en su afán por el progreso,
el orden y la eficiencia, producen de forma sistemática “residuos humanos”. Se
trata de personas que son excluidas sistemáticamente y que no encajan en los
modelos dominantes de productividad, consumo y movilidad.
La exclusión como subproducto normalizado
El IX Informe sobre exclusión y desarrollo social en España,
elaborado por la Fundación FOESSA, describe una sociedad española profundamente
transformada, marcada por la fragmentación de las clases medias, la
normalización de la precariedad laboral y la pérdida del empleo, factores que
dificultan la integración social.
En la modernidad líquida, como apunta Bauman, el trabajo
deja de ser un eje estable de la vida social y una fuente segura de identidad
para convertirse en una actividad precaria, fragmentada e incierta. A
diferencia de la sociedad industrial, donde el empleo ofrecía continuidad,
reconocimiento y pertenencia, el trabajo contemporáneo se caracteriza por la
flexibilidad extrema, la temporalidad y la ausencia de garantías a largo plazo.
El mercado ya no necesita integrar a toda la población como
fuerza productiva, lo que provoca que amplios sectores queden excluidos de
forma permanente y sean considerados superfluos. Así, el trabajo pierde su
función integradora y deja de ser un camino seguro para escapar de la pobreza.
Vidas líquidas, protecciones frágiles
El citado XV Informe sobre el Estado de la Pobreza confirma
esta dinámica. La tasa AROPE (At Risk Of Poverty and/or Exclusion), un
indicador que combina elementos de renta, posibilidades de consumo y empleo,
desciende levemente, pero la pobreza severa permanece estable y su brecha
aumenta. Esto indica que quienes están peor no mejoran.
Bauman describía en su obra Vida líquida este escenario como
un mundo donde la propia existencia se caracteriza por la inestabilidad, la
incertidumbre y la ausencia de referencias duraderas. Las condiciones de vida
cambian más rápido de lo que pueden consolidarse los hábitos y los proyectos
personales.
La dificultad de acceso a la vivienda, los empleos
inestables y la debilidad de las redes comunitarias generan trayectorias
vitales sin anclajes. El resultado no es solo pobreza material, sino desarraigo
social y político, un malestar difuso que erosiona la confianza en las
instituciones, en el estado de bienestar y en el funcionamiento y calidad del
sistema democrático.
De la gestión del descarte al derecho a pertenecer
Ambos informes coinciden en un punto crucial: no fallan las
personas, falla el sistema. La mayoría de quienes viven en exclusión realizan
enormes esfuerzos por integrarse, pero se enfrentan a dispositivos
fragmentados, mal dimensionados y pensados más para administrar la pobreza que
para erradicarla.
Bauman fue claro al respecto: mientras la exclusión se
aborde como un problema de individuos “inadaptados”, la sociedad seguirá
produciendo “residuos humanos”. El reto no es perfeccionar los mecanismos de
asistencia, sino reconstruir un pacto social que reconozca la interdependencia,
refuerce los derechos sociales y devuelva estabilidad a vidas hoy sometidas a
la lógica del descarte.
¿Una sociedad que protege e integra o que descarta?
España, al igual que ocurre en buena parte de los países
occidentales, se encuentra ante una encrucijada. Puede seguir gestionando la
exclusión como un daño colateral inevitable de la modernidad líquida o apostar,
como reclaman los informes, por políticas audaces que sitúen la vivienda, el
empleo digno, los cuidados y la redistribución en el centro de dichas políticas
públicas.
Bauman, con una lucidez que hoy solo puede calificarse de
visionaria y brillante, nos dejó una advertencia que el tiempo no ha hecho sino
confirmar: una sociedad que normaliza la producción de personas sobrantes acaba
socavando los fundamentos éticos que la sostienen. Lo que en su momento pudo
parecer una reflexión teórica o incluso exagerada se revela ahora como una
anticipación precisa de nuestro presente. Los datos ya no dejan margen para la
indiferencia. La cuestión no es si podemos permitirnos un cambio de rumbo, sino
si podemos permitirnos no hacerlo.
