La moral de la bicicleta
Si eres un adulto estadounidense que monta en bicicleta con
regularidad, es posible que sientas un pequeño sentimiento de superioridad
moral por hacer ejercicio y reducir tu huella de carbono. Pero en la década de
1890, el discurso moral en torno al uso de la bicicleta era muy diferente y
mucho más tenso. Como explicó Michael Taylor en un artículo de 2010, las
autoridades protestantes veían el ciclismo como una amenaza significativa para
la moralidad e intentaron moldear el deporte para convertirlo en una actividad
cristiana.
Hasta la invención de la bicicleta de "seguridad"
moderna en 1887, pocas mujeres montaban en las bicicletas de rueda alta de la
generación anterior. Pero en la década de 1890, la "locura por el
ciclismo" ofreció un nuevo tipo de movilidad a muchas mujeres jóvenes.
Las bicicletas facilitaban las citas sin chaperón, e incluso
las fugas. Igual de preocupante para algunos moralistas de la época era que las
mujeres ciclistas a menudo usaban bombachos, ampliamente vistos como
indecentes, que se parecían mucho a los pantalones de los hombres. La Women’s
Rescue League de Boston llegó a afirmar que, tras el cierre de los burdeles,
las prostitutas utilizaban bicicletas para llegar a sus clientes.
Otra acusación contra la fiebre del ciclismo era que la
gente pasaba los domingos —a menudo el único día de la semana sin trabajo— en
paseos en bicicleta en lugar de en la iglesia. La asistencia masculina a la
iglesia ya había estado en declive. Como deporte abierto tanto a mujeres como a
hombres, el ciclismo amenazaba con dejar a los predicadores con congregaciones
compuestas solo por enfermos y ancianos.
Al mismo tiempo, el ciclismo masculino planteaba cuestiones
morales comunes a los deportes en general. Los líderes religiosos se
preocupaban por la competencia malsana y viciosa. Taylor cita a un periódico
presbiteriano que informaba sobre una carrera en 1897 en la que un ciclista se
mantenía "constantemente cargado de cocaína". Otro se esforzó tanto
que casi pierde el conocimiento.
Sin embargo, para el movimiento del "cristianismo
muscular" que comenzó a finales del siglo XIX, las bicicletas también eran
una tecnología útil. Al igual que otros deportes, el ciclismo era una forma de
desarrollar valor, determinación y fuerza. Como dijo un ministro a sus
feligreses, el ciclismo podía ayudarlos a alcanzar "la cultura física,
mental y espiritual más elevada, plena y completa". Los defensores del
ciclismo también celebraban el deporte como una alternativa a las tabernas, las
casas de juego y otras formas de recreación moralmente objetables.
El ciclismo abrió brechas entre las iglesias y dentro de
ellas. Un ministro de Indianápolis formó un grupo de ciclistas con miembros
jóvenes de la iglesia, solo para ser censurado por los feligreses mayores por
sus "formas frívolas de andar en bicicleta".
Taylor escribe que la controversia moral sobre las
bicicletas terminó tan rápido como empezó. A principios de la década de 1900,
la fiebre del ciclismo disminuyó. El precio de las bicicletas bajó,
transformando su imagen en un medio de transporte de la clase trabajadora en
lugar de un accesorio para el ocio. Mientras tanto, el automóvil reemplazó a la
bicicleta como tema de preocupación religiosa. Y en unas pocas décadas, escribe
Taylor, "era difícil imaginar un medio de transporte y entretenimiento más
inofensivo".
Jstor Traducción: Horacio Shawn-Pérez
