El futuro como paisaje
En la primera mitad de los años sesenta, Huntsville, la
ciudad de Alabama, encarnó una de las fantasías más persistentes de la
modernidad estadounidense: la idea de que el futuro podía planificarse,
construirse y, sobre todo, habitarse de manera casi inmediata. El salto
demográfico y territorial de la ciudad no fue solo un efecto colateral del
programa espacial, sino la manifestación local de una fe más amplia en la
expansión, el crecimiento y la capacidad técnica como motores de transformación
social. La ciudad pasó de ser un enclave casi rural a presentarse como “Space
City”, un nombre que funcionaba menos como descripción que como promesa. En ese
contexto, no resulta extraño que el lenguaje del progreso se filtrara
rápidamente desde los laboratorios y las pistas de lanzamiento hacia el comercio,
la política municipal y el ocio.
La propuesta de Space City USA debe leerse en esa clave. El
parque temático no era simplemente un emprendimiento extravagante, sino un
intento de traducir una economía del conocimiento (la carrera espacial) en una
experiencia consumible y familiar. El empresario Hubert Mitchell entendió que
el futuro no solo se producía en centros de investigación, sino también en
relatos accesibles, capaces de organizar expectativas y atraer capital. El
parque prometía un recorrido ordenado por el tiempo —prehistoria, fantasía,
pasado regional y conquista lunar— que condensaba una visión lineal y optimista
de la historia. En términos urbanísticos, se trataba de una extensión lógica de
la ciudad expansiva descrita por autores como Lewis Mumford: un espacio pensado
para el automóvil, la periferia y el entretenimiento como forma de cohesión
social.
Ruinas del porvenir
El fracaso del proyecto introduce, sin embargo, una fisura
reveladora en ese imaginario. Mientras la NASA avanzaba hacia la Luna, Space
City USA quedaba suspendida en una temporalidad incómoda, atrapada entre un
pasado rural visible y un futuro que nunca terminaba de materializarse. La
imagen del esqueleto del volcán de escayola junto a las vías del tren resume
con eficacia esa disonancia. No se trata solo de mala gestión o de un invierno
especialmente duro, aunque ambos factores importen, sino de un desfase
estructural entre el ritmo del gran proyecto nacional y la capacidad local para
sostener su traducción comercial.
Desde una perspectiva cultural, estas ruinas tempranas del
futuro anticipan una constante del urbanismo estadounidense de posguerra: la
producción acelerada de espacios concebidos para un mañana específico y frágil,
dependiente de condiciones económicas y simbólicas muy precisas. Como ha
señalado David Harvey, el capital tiende a fijarse en el espacio de forma
especulativa, dejando tras de sí paisajes obsoletos cuando las expectativas no
se cumplen. Space City USA no llegó a convertirse en parque, pero sí en un
ejemplo prematuro de ese proceso.
La comparación inevitable con Disney World no invalida la
lógica de Mitchell; más bien la contextualiza. Orlando ofrecía un entorno
financiero, institucional y demográfico distinto, capaz de absorber el riesgo y
sostener la ilusión. Huntsville, en cambio, mostró los límites de una ciudad
que había crecido demasiado rápido alrededor de una sola narrativa de progreso.
Hoy, los restos de hormigón integrados en una urbanización de alto nivel
funcionan como recordatorio silencioso de aquel momento en que el futuro
parecía estar al alcance de la mano. No como ironía espectacular, sino como una
lección modesta sobre la dificultad de convertir las promesas tecnológicas en
paisajes duraderos.
