El cambio climático afecta la calidad de la nutrición


Ulysses Paulino de Albuquerque 
Universidad Federal de Pernambuco

¿Estamos analizando los impactos del cambio climático de forma suficientemente amplia? Esta inquietud colectiva en la Red Resiclima nos llevó recientemente a publicar en las revistas Discover Food y Next Research, donde cuestionamos si seguimos tratando elementos como el clima, la alimentación, la educación y la salud mental como compartimentos aislados.

A lo largo de los últimos años, la ciencia ha acumulado evidencias de que el calentamiento global reduce la productividad agrícola, altera la calidad nutricional de los alimentos e intensifica los eventos extremos. Sabemos también que cultivos fundamentales para el cotidiano brasileño, como el café, el maíz y el frijol, están bajo un riesgo creciente. Sin embargo, algo sigue siendo poco explorado: ¿qué sucede cuando estas transformaciones alcanzan al cerebro humano a través de la nutrición?

 

Crisis climática en el cerebro

Nuestro argumento es que, aunque sus implicaciones sean complejas, el cambio climático afecta a los sistemas alimentarios. Podemos pensar en un sistema alimentario como todo aquello que hace que la comida llegue a la mesa de las personas. Esto incluye a quien siembra o produce, a quien suministra semillas, abonos y otros recursos, a quien procesa los alimentos, a quien transporta, envasa, vende y, por último, a quien compra y consume.

Los sistemas alimentarios, por lo tanto, afectan la calidad de la dieta. La calidad de la dieta afecta el desarrollo cognitivo y la regulación emocional. Y, cuando hablamos de poblaciones vulnerables, esta cadena de efectos puede producir un ciclo persistente de desigualdad y sufrimiento.

Diversos estudios indican que las deficiencias nutricionales, especialmente en micronutrientes como hierro, zinc y vitaminas del complejo B, están asociadas a alteraciones en funciones ejecutivas, como la memoria, la atención y la flexibilidad cognitiva. Además, los déficits nutricionales en la infancia pueden dejar marcas duraderas en el desempeño escolar y en las oportunidades futuras. No se trata solo de las calorías, sino de la calidad nutricional.

Al mismo tiempo, la homogeneización global de la dieta y el aumento del consumo de alimentos ultraprocesados empobrecen la diversidad alimentaria. Las dietas menos diversas tienden a comprometer el equilibrio de la microbiota intestinal, que hoy sabemos que desempeña un papel relevante en la comunicación entre el intestino y el cerebro. Las alteraciones en este sistema pueden influir en el humor, la ansiedad y la capacidad de aprendizaje.

Propusimos, entonces, un modelo que llamamos la trampa clima–nutrición–educación. La lógica es que el cambio climático reduce la disponibilidad y la calidad de los alimentos; los déficits nutricionales comprometen el desarrollo cognitivo; las dificultades educativas limitan las oportunidades socioeconómicas; las poblaciones permanecen más expuestas a los impactos ambientales. El ciclo se cierra y se refuerza.

La inseguridad alimentaria no produce los mismos efectos en toda la población. En el contexto brasileño, sus impactos varían de forma importante cuando observamos, por ejemplo, el género y la raza. Las mujeres negras en situación de inseguridad alimentaria presentan una mayor vulnerabilidad, reuniendo un riesgo aumentado tanto de bajo peso como de obesidad, mientras que entre las mujeres blancas la inseguridad alimentaria se asocia principalmente al aumento de la obesidad.

Este cuadro es especialmente preocupante para las comunidades indígenas y poblaciones en condiciones de vulnerabilidad socioambiental. El cambio climático agrava la desnutrición infantil especialmente por vías indirectas como sequías, inundaciones, aumento de la temperatura y degradación ambiental. Estos eventos comprometen la producción de alimentos, intensificando la inseguridad alimentaria y profundizando las vulnerabilidades sociales ya existentes.

Cuando estos procesos desestructuran los sistemas alimentarios locales, no solo provocan pérdidas culturales o económicas, sino que también amplían el riesgo de daños nutricionales persistentes, con potenciales repercusiones sobre el aprendizaje y la salud mental de los niños.

Brasil ya ha demostrado que las políticas integradas pueden alterar trayectorias históricas de exclusión. El programa Hambre Cero mostró que la seguridad alimentaria, la transferencia de ingresos y el fortalecimiento de la agricultura familiar pueden caminar juntos. El desafío actual es incorporar la dimensión climática y la dimensión neuroeducativa a este debate, para enfrentar los desafíos impuestos por el cambio climático.

Si aceptamos que el clima, la alimentación, la cognición y la ansiedad forman parte de una misma red, nuestras respuestas también deben ser integradas. Necesitamos discutir la adaptación climática asociada a los sistemas alimentarios, así como el desempeño escolar vinculado a la nutrición infantil. Del mismo modo, ya no cabe hablar de salud mental sin considerar las condiciones materiales que pueden generar, afectar o potenciar el sufrimiento psíquico.

Nosotros, investigadores de la Red Resiclima, hemos defendido que la crisis climática es también una crisis de organización del conocimiento. Cuando fragmentamos los problemas, fragmentamos las soluciones. Al integrar todos estos aspectos, buscamos visibilizar un aspecto todavía poco visible de la crisis climática: sus posibles efectos sobre la cognición de las próximas generaciones.

De ahí surge la pregunta incómoda, pero necesaria: si sabemos que el clima afecta a la alimentación, y que la alimentación afecta al aprendizaje y a la salud mental, ¿estamos preparados para lidiar con las consecuencias del cambio climático?

The Conversation. Traducción: Horacio Shawn-Pérez

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