La invención de Brasilia


Horacio Shawn-Pérez

La elección de una capital suele parecer natural. En muchos países, la ciudad capital coincide con el principal centro demográfico, económico o histórico. En Corea del Sur, por ejemplo, Seúl cumple esas tres funciones al mismo tiempo; en Japón, Tokio concentra la vida financiera y política; en Italia, Roma funciona como archivo viviente de la historia nacional. Incluso cuando la decisión responde a compromisos políticos más que a una lógica urbana evidente (como ocurrió con Washington, D.C., fundada a fines del siglo XVIII como distrito federal deliberadamente separado de los estados), la ciudad elegida suele tener una relación reconocible con el país que gobierna.

Sin embargo, existe otra tradición menos intuitiva: la de construir capitales desde cero. En estos casos, la capital no refleja la nación tal como es, sino como se imagina que debería ser. Las ciudades planificadas se convierten así en instrumentos de política territorial y en artefactos simbólicos. El urbanismo, en este contexto, funciona como una forma de ingeniería estatal.

La historia de Brasilia, inaugurada en 1960 como nueva capital de Brasil, pertenece claramente a esta tradición. No era la ciudad más poblada, ni el centro económico del país, ni un lugar cargado de historia política. Por el contrario, fue levantada en una región del interior prácticamente despoblada, en el altiplano central dominado por el bioma del Cerrado, una vasta sabana tropical. Desde el punto de vista geográfico, parecía una decisión extraña. Desde el punto de vista político, en cambio, respondía a una lógica más amplia.

La idea de trasladar la capital brasileña hacia el interior circulaba desde el período colonial tardío. A fines del siglo XVIII, el naturalista y estadista José Bonifácio de Andrada e Silva, figura central en el movimiento independentista brasileño, ya defendía la idea de abandonar la costa atlántica. Su argumento era sencillo: mientras las ciudades principales permanecieran junto al mar, Brasil continuaría orientado hacia Europa. El interior del país seguiría siendo una frontera económica y política.

Esta preocupación tenía fundamento histórico. Durante siglos, las ciudades brasileñas habían funcionado como puertos de exportación. Azúcar, oro, café y otros productos salían hacia el Atlántico, en una economía organizada alrededor del comercio colonial. Desplazar la capital hacia el interior implicaba modificar ese eje geográfico. La capital dejaría de mirar al océano para mirar al territorio.

En ese sentido, Brasilia fue concebida menos como un resultado que como un instrumento. El urbanista Lúcio Costa, responsable del plan urbano ganador del concurso convocado en 1956, formuló esta idea de manera explícita: la ciudad no debía ser la consecuencia del desarrollo regional, sino su causa. Construir una capital en el centro del país obligaría a crear carreteras, infraestructura y redes económicas que conectaran regiones hasta entonces periféricas.

El proyecto respondía también a consideraciones estratégicas. Situada en el centro del territorio, la capital sería menos vulnerable a ataques externos y más capaz de integrar políticamente las distintas regiones del país. No era una preocupación abstracta: en la historia latinoamericana del siglo XIX, los conflictos regionales habían puesto repetidamente en cuestión la autoridad del Estado central.

Por supuesto, estas justificaciones racionales coexistieron con narrativas de otro tipo. Uno de los mitos fundacionales de Brasilia se vincula con un sueño profético atribuido a Juan Bosco, sacerdote italiano del siglo XIX posteriormente canonizado. Según la tradición, en 1883 habría imaginado una “tierra prometida” ubicada aproximadamente entre los paralelos que hoy atraviesan el altiplano central brasileño. Décadas más tarde, el relato fue reinterpretado como una anticipación simbólica de la ciudad futura.

Más allá de su veracidad, la historia revela algo importante: los proyectos urbanos de gran escala rara vez se sostienen únicamente en argumentos técnicos. Necesitan también mitologías que los legitimen.

 

Modernismo urbano y ciudad funcional

Cuando la construcción de Brasilia finalmente comenzó en 1956, bajo la presidencia de Juscelino Kubitschek, el proyecto adquirió una velocidad extraordinaria. En apenas cuatro años, el gobierno federal logró inaugurar una capital completamente nueva. La empresa estatal NOVACAP coordinó la obra, dirigida por el ingeniero Israel Pinheiro. Dos figuras centrales del modernismo brasileño definieron su forma final: el urbanista Lúcio Costa y el arquitecto Oscar Niemeyer.

El plan urbano de Costa es uno de los ejemplos más conocidos del urbanismo moderno del siglo XX. Inspirado en parte por las ideas del arquitecto suizo-francés Le Corbusier, quien había propuesto reorganizar la ciudad industrial según principios funcionales, el diseño de Brasilia divide el espacio urbano en sectores especializados: áreas residenciales, administrativas, comerciales y culturales.

El esquema general se organiza alrededor de dos grandes ejes que se cruzan. Aunque a menudo se describe como una cruz, el trazado curvo de uno de los ejes terminó produciendo la famosa imagen aérea de un avión. Esta metáfora visual no fue deliberada al principio, pero terminó integrándose al imaginario popular de la ciudad.

Más importante que la forma simbólica era la lógica funcional. Las avenidas principales fueron diseñadas sin intersecciones directas, utilizando intercambiadores viales tipo trébol para mantener el flujo constante de automóviles. El automóvil privado se convirtió así en el medio de transporte privilegiado de la ciudad, en consonancia con las políticas desarrollistas del gobierno de Kubitschek.

Desde el punto de vista arquitectónico, los edificios públicos diseñados por Oscar Niemeyer, como el Palácio da Alvorada, residencia presidencial, el Congreso Nacional o la Catedral Metropolitana, consolidaron una estética modernista que combinaba estructuras de hormigón armado con curvas monumentales. Estas obras contribuyeron a proyectar una imagen internacional de Brasil como país moderno y tecnológicamente ambicioso.

Sin embargo, el urbanismo funcionalista que inspiró Brasilia también generó críticas posteriores. La estricta separación entre zonas residenciales, administrativas y comerciales redujo la mezcla de usos que caracteriza a muchas ciudades históricas. Algunos críticos han señalado que la escala monumental del plan urbano dificulta la vida peatonal cotidiana.

El problema no es exclusivo de Brasilia. Desde mediados del siglo XX, numerosos urbanistas han señalado los límites de los modelos funcionalistas. Jane Jacobs, escritora y activista urbana estadounidense, argumentó en su influyente libro The Death and Life of Great American Cities (1961) que las ciudades más vibrantes dependen precisamente de la mezcla de actividades, densidades y escalas. En su visión, el orden demasiado racional puede producir espacios sorprendentemente vacíos. Brasilia, en cierto sentido, representa el extremo opuesto: una ciudad diseñada casi por completo antes de que la vida urbana pudiera intervenir.

 

El costo social de una ciudad ideal

La velocidad con que se construyó Brasilia tuvo consecuencias evidentes. Levantar una capital en apenas cuatro años implicó movilizar enormes recursos financieros y humanos. El economista brasileño Eugênio Gudin estimó que el proyecto costó alrededor de 1.5 mil millones de dólares de la década de 1950, lo que representaba aproximadamente el 12% del producto interno bruto del país en ese momento. Otras estimaciones posteriores, que incluyen las obras realizadas después de la inauguración, sugieren cifras mucho más altas.

Parte del costo se explica por la logística. En el altiplano central apenas existían carreteras o vías férreas capaces de transportar los materiales necesarios. Muchos insumos, desde acero hasta vidrio, debieron ser trasladados por aire, una solución extremadamente costosa.

Pero el costo más visible fue humano. Decenas de miles de trabajadores migraron hacia el nuevo sitio de construcción. Muchos de ellos provenían de regiones pobres del nordeste brasileño. Eran conocidos como candangos, un término que inicialmente tenía un tono despectivo pero que con el tiempo adquirió una connotación de respeto.

Las condiciones de vida de estos trabajadores eran precarias. Las viviendas improvisadas proliferaron en los bordes del área planificada. Asentamientos informales con nombres como Sacolândia o Lonalândia reflejaban la naturaleza provisional de esos espacios: casas construidas con bolsas, lonas o materiales descartados.

Las estadísticas disponibles muestran un nivel alarmante de accidentes laborales. En 1959, el hospital IAPI registró más de diez mil accidentes relacionados con la construcción. Al año siguiente, el promedio diario aumentó dramáticamente. Aunque los registros oficiales hablan de pocas muertes, testimonios de trabajadores sugieren que el número real pudo haber sido considerablemente mayor.

En 1959, un conflicto laboral en la empresa constructora Pacheco Fernandes terminó con la intervención armada de la Guardia Especial de Brasilia, una fuerza de seguridad creada para mantener el orden en el sitio de obras. El episodio, conocido como la masacre de Pacheco Fernandes, dejó un número de víctimas que sigue siendo objeto de debate histórico.

Estos episodios recuerdan una característica recurrente de los grandes proyectos urbanos del siglo XX: su tendencia a invisibilizar el trabajo que los hace posibles. La monumentalidad arquitectónica suele ocultar las condiciones sociales de su producción.

A pesar de estas tensiones, el proyecto dejó un legado complejo. Desde el punto de vista urbanístico y arquitectónico, Brasilia es hoy uno de los ejemplos más completos del modernismo del siglo XX. En 1987 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, una distinción excepcional para una ciudad tan reciente.

Al mismo tiempo, la ciudad cumplió parcialmente el objetivo que motivó su creación. La construcción de carreteras y redes de transporte contribuyó a integrar el interior del país en la economía nacional. Ese proceso facilitó el desarrollo agrícola del centro-oeste brasileño, aunque también aceleró la transformación ambiental del Cerrado.

Brasilia, en última instancia, no resolvió todas las tensiones que pretendía organizar. Pero sí dejó algo más duradero: la evidencia de que una capital puede ser, antes que nada, una hipótesis sobre el futuro de un país. Y como toda hipótesis histórica, su valor no reside únicamente en haber tenido razón, sino en haber obligado a una sociedad a imaginarse de otro modo.

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