¿El arte urbano mejora las ciudades?
Durante
años hemos interpretado el arte urbano de forma incompleta. Unos lo reducen a
ornamento, reclamo turístico o maquillaje de la ciudad. Otros lo miran con
desconfianza, como imposición estética no solicitada. Ambas posturas resultan
insuficientes.
La
cuestión de fondo no es si un mural gusta más o menos, ni si una escultura
urbana se vuelve reclamo fotográfico. La verdadera pregunta debería ser otra:
¿qué cambia en la experiencia cotidiana de la ciudad una intervención
artística?
No
hablamos solo de imagen urbana, sino de cómo una ciudad se vuelve más integral,
equilibrada y significativa para quienes la habitan. Es decir, nos referimos a
calidad de vida. El arte urbano puede (y tal vez debe) introducir belleza
cotidiana, serenidad y reflexión, mecanismos de activación simbólica del
espacio público en relación con el bienestar subjetivo.
¿Quién interviene el espacio?
Al
artista urbano, expuesto a la curiosidad pública, siempre le ha interesado no
pasar desapercibido. Tanto en el arte informal (el grafiti) como en el
consentido, los autores siempre han reivindicado fervientemente su autoría.
Sin
embargo, lo que se busca sobre todo es el efecto sorpresa como noticia asociada
al arte urbano. Así, Girl with Balloon, de Banksy, sorprendió porque una imagen
mínima, encontrada en la calle, abría una lectura sobre la pérdida, la
infancia, la esperanza o la fragilidad.
Pero
además, entre quienes logran dejar huella en el espacio público, no todos
consiguen incidir positivamente en la calidad de vida urbana compartida.
Una pregunta más exigente
Ese es
precisamente el núcleo del proyecto de investigación AUPART sobre arte urbano y
calidad de vida que desarrollamos actualmente. Su punto de partida no da por
hecho que cualquier obra de arte urbano mejora automáticamente el bienestar
colectivo sino que busca averiguarlo.
La
calidad de vida no es una magnitud simple, ni puede atribuirse directamente a
un único factor. Según el marco del Indicador Multidimensional de Calidad de
Vida del INE, depende de condiciones materiales, relaciones sociales,
percepción del entorno, seguridad, gobernanza, bienestar subjetivo y experiencia
cotidiana del lugar.
Por eso,
cuando estudiamos el arte urbano nos preguntamos en qué dimensiones concretas
puede influir y bajo qué condiciones puede llegar a afectar. Una obra de no
debería evaluarse solo por su calidad formal, su tamaño o su firma, sino por su
capacidad de comportarse como mediadora entre el espacio público y la vida
urbana.
Cuando una obra funciona o fracasa
Dos
proyectos con recorrido que han funcionado como mediadores han sido el Mural
Arts de Filadelfia (EE.UU.), que incorpora numerosas obras que han tenido
impacto en la comunidad, o el Inside Out Project impulsado por el artista
urbano francés JR, que ya tiene recorrido internacional.
En
nuestro estudio hemos analizado, por ejemplo, el caso de Julia, la escultura de
Jaume Plensa en la plaza de Colón de Madrid. Con los resultados actualmente en
proceso de revisión por pares, sería exagerado afirmar que mejora la calidad de
vida en términos absolutos. Pero sí se puede interpretar como un factor de
mediación urbana, una presencia artística de alta visibilidad que puede
modificar la experiencia del entorno, la percepción de seguridad, el valor
simbólico del lugar o la relación afectiva con esa plaza.
Ahora
bien, una obra de gran valor artístico también puede fracasar socialmente si no
encaja con las prácticas del espacio donde se implanta. Es el caso de Tilted
Arc, de Richard Serra, una placa sólida de acero de unos 36 metros de largo
instalada en 1981 en Federal Plaza, Nueva York.
La pieza
fue criticada no solo por razones estéticas, sino por su efecto sobre el uso
cotidiano del lugar (algo que se pretendía al instalarla, por otra parte, pero
que no gustó). Al dividir la plaza, provocó que el cruce habitual de los
ciudadanos por ella tuviese que modificarse y generó objeciones de seguridad y
circulación. Fue retirada en 1989 tras una larga controversia pública e
institucional.
No basta con verla
A menudo
se cree que introducir arte urbano equivale por sí mismo a regenerar un
entorno. Por ejemplo, en Wynwood, Miami (EE.UU.), el arte urbano mural generó
visibilidad y marca urbana, pero la evolución del distrito condujo a una
creciente comercialización, a murales por encargo cada vez más normalizados y a
preocupaciones por la gentrificación desbocada y la pérdida de la comunidad
creativa que le dio origen. Hubo éxito icónico y económico, pero eso no
significó que hubiese regeneración social.
Tampoco Mural
Istanbul, en la capital turca, fue más allá. El proyecto sólo abordó el plano
estético del activismo artístico, y fue interpretado como alienación social con
el único pretexto de llamar la atención sobre un área de la ciudad olvidada.
Autores
como los urbanistas Malcolm Miles, Ann Markusen y Anne Gadwa, el historiador de
arte Miwon Kwon o el arquitecto Kevin Lynch ya advirtieron, desde perspectivas
distintas, que el valor del arte público no puede separarse de la sociedad, las
instituciones y el territorio que lo hacen posible.
No solo
importa que la gente vea una obra. También es esencial que la recuerde, la
comprenda, la aplique a su manera de entender el entorno, la analice, la evalúe
y, en último término, se sienta capaz de idear algo a partir de ella. Así
sucedió con el proyecto Heerlen Murals, en Países Bajos. Tras el declive
minero, la ciudad utilizó el muralismo comunitario para fomentar la
regeneración social y urbana, mejorar la imagen de barrios deprimidos y activar
la participación entre diferentes grupos ciudadanos.
Más allá de decorar la ciudad
Por sí
solo, el arte urbano no puede mejorar totalmente la vida en la ciudad. Pero sí
puede contribuir a reforzar ciertas dimensiones de la calidad de vida. Y lo
logra si fortalece el vínculo con el lugar, si favorece la interacción social,
si refuerza la identidad compartida, si hace más comprensible el entorno y si
logra aceptación cívica y respaldo institucional.
Con ello,
el artista deja de ser solo productor de imágenes y se convierte en alguien capaz
de activar vínculos entre la obra, el lugar y la comunidad, haciendo que el
espacio público exprese memoria, valores o formas compartidas de pertenencia.
Si
aspiramos a ciudades más habitables, inclusivas y culturalmente vivas, debemos
preguntarnos en qué condiciones una intervención artística puede producir
efectos positivos verificables en el espacio público y la vida comunitaria.
Eso
obligaría a preparar mejor cada intervención, diagnosticar su pertinencia
social, comprobar si el lugar la necesita, analizar el contexto y asumir que el
impacto del arte urbano no se mide sólo por decorar la ciudad, sino por
transformar la relación de una comunidad con el lugar que habita y por
reconocer el valor del espacio público como motor de aprendizaje social. Conformarse
solo con tener algo bonito dejaría pasar la oportunidad de mejorar.
The
Conversation.

