El territorio rural
El 80% de la superficie habitable del planeta es territorio
rural. En él se produce la mayor parte de los alimentos que nos sustentan, se
custodian los ecosistemas que regulan el clima y se preserva una diversidad
cultural que no podemos permitirnos perder.
Sin embargo, durante demasiado tiempo, especialmente en
España, los territorios rurales han sido vistos como espacios atrasados, cuando
no estancados, en regresión u olvidados. Pero en la actualidad podemos decir
que no siempre es así.
En muchos casos, los municipios rurales se están poniendo a
la vanguardia de los procesos de desarrollo sostenible. Es más, lo rural ha
pasado a ser un laboratorio vivo de innovación social y democrática.
Gobierno abierto y en
red
Los modelos burocráticos y gerenciales del siglo XX han
dejado paso, en el presente, a nuevas formas de gobernanza democrática basadas
en el gobierno abierto, participado, en red, multinivel.
El objetivo de las políticas que se emprenden ya no es el
mero crecimiento económico, sino el desarrollo sostenible. Y ese objetivo no
puede alcanzarse con recetas universales, sino desde cada territorio
particular, a través de políticas bottom-up (de abajo a arriba) que movilicen
los recursos locales y que siempre requieren participación y diálogo social.
La Agenda 2030 de Naciones Unidas lo consagra expresamente:
el Objetivo de Desarrollo Sostenible 16 exige instituciones eficaces y
transparentes, y el 17 reclama alianzas entre gobiernos, sociedad civil y
sector privado. La gobernanza democrática, en la actualidad, no es un adorno,
sino una condición estructural del desarrollo.
Los desafíos del mundo rural
La participación ciudadana va mucho más allá del voto cada
cuatro años: abarca el acceso a la información, la valoración crítica de las
políticas, el control de los decisores y sus decisiones, la propuesta
normativa, la consulta vinculante y, en última instancia, el empoderamiento
real de la comunidad sobre sus propios asuntos.
La innovación pública, por su parte, no se reduce a
introducir tecnología en los procesos habituales: consiste en encontrar
soluciones nuevas a los problemas colectivos. Soluciones que nacen de la propia
comunidad, generan valor social y fortalecen vínculos.
Ambos conceptos, participación e innovación, se revelan
especialmente críticos en los territorios rurales despoblados, donde las
administraciones locales son muy cercanas a la ciudadanía, pero deben hacer
frente a enormes desafíos con recursos muy escasos.
¿Cuáles son esos desafíos en España? Jorge Hermosilla,
profesor de la Universidad de Valencia, ha caracterizado a estos territorios
rurales como simultáneamente problemáticos (despoblados, con dificultades de
accesibilidad y déficit de servicios), contradictorios (ofrecen alta calidad
ambiental y fuerte sentido de pertenencia, pero grave precariedad en sanidad,
educación o conectividad), dependientes (subsidiarios del sistema urbano, con
escaso emprendimiento y liderazgo) y vulnerables (la marcha de una sola
familia, o el cierre de un bar o una escuela pueden cambiar el equilibrio de
todo el pueblo).
En muchos municipios de menos de quinientos habitantes no
existe sociedad civil organizada ni iniciativa privada: el Ayuntamiento es el
único prestador de servicios con capacidad de generar economía. Esa es la
magnitud del reto, pero también, como subraya el autor, la magnitud de la
oportunidad.
Ejemplos de innovación social en pequeños municipios
Por suerte, la innovación social funciona y lo hace con
contrastados rendimientos. Contamos en España con numerosos ejemplos
inspiradores.
La comarca de Pinares (Burgos-Soria), mediante un
laboratorio rural vecinal, ha generado soluciones sencillas y eficaces a
problemas de la vida ordinaria de sus vecinas y vecinos. En Álava, el espacio
Garaion transformó un caserío en ruinas en un centro cultural participativo
generador de dinamismo económico y social. En Asturias, el Ecomuseo La Ponte es
gestionado directamente por la comunidad local, convirtiendo el patrimonio en motor
económico.
En Burgos, la plataforma Burgos Rural Market conecta
pequeñas tiendas con consumidores de todo el territorio. Y, por poner otro
ejemplo, los biodistritos agroecológicos de Andalucía y la Comunitat Valenciana
muestran cómo agricultores, consumidores y ayuntamientos pueden diseñar juntos
sistemas de producción sostenible.
Un caso especialmente revelador por su coherencia y por sus
resultados medibles es el de Aras de los Olmos, municipio de menos de
cuatrocientos habitantes de la provincia de Valencia, enclavado en la Serranía
del Turia. Hace tres lustros, sus vecinos constituyeron una entidad de
naturaleza mixta, público-privada, la Fundación El Olmo, como instrumento
institucional de desarrollo compartido para su territorio.
Hoy, ese municipio, hasta aquel momento condenado según
muchos al declive o la desaparición, es proveedor de servicios energéticos (en
unos días, primer municipio de España totalmente autoabastecido por energías
renovables), de servicios digitales (Centro de Innovación Territorial
RuralTec), de servicios sociales (Centro de Mayores), formativos y de
investigación científica (Centro Big History de divulgación científica y
medioambiental) y de servicios editoriales (libros y revistas de carácter
científico divulgativo).
La pirámide demográfica se ha invertido, saneándose desde la
base, las inversiones se han quintuplicado en quince años y el emprendimiento
privado se ha recuperado. Lo que hace posible este milagro no es la ayuda
externa, sino la planificación estratégica participada, la institucionalización
de la cooperación y la movilización emocional de todos los recursos humanos
disponibles, incluyendo a migrantes que mantienen su vínculo afectivo con el
pueblo.
Condiciones para transformar un territorio rural
A partir de estos casos y otros muchos, podemos
individualizar cuatro condiciones imprescindibles para que la participación y
la innovación transformen un territorio rural:
• Institucionalizar la cooperación más allá de los cauces
tradicionales con los que los ayuntamientos la han venido impulsando en sus
políticas sectoriales.
• Romper estereotipos anclados en visiones administrativas
del pasado e incrementar los recursos humanos al servicio del desarrollo,
movilizando especialmente a las personas migrantes que mantienen el vínculo
emocional con su pueblo de origen.
• Tejer redes y alianzas con universidades, diputaciones,
entidades civiles y municipios vecinos.
• Crear una planificación estratégica participada con
horizonte de largo plazo que dé sentido a la acción colectiva más allá de los
tiempos que marca cada ciclo electoral, focalizando esfuerzos en objetivos, no
de interés particular, sino de interés común.
No podemos dejar que lo rural siga siendo un receptor pasivo
de políticas diseñadas desde fuera. Al contrario, lo rural debe ser productor
de innovación democrática. El futuro de los territorios no se decide solo en
los parlamentos central o autonómicos, tampoco en los plenos municipales: se
decide –sobre todo– en las plazas y ágoras de los pueblos, en la capacidad de
sus habitantes para imaginar juntos su futuro, para planificar de la mano las
estrategias a emprender y, de esta forma, protagonizar de forma colaborativa su
propio porvenir.
