¿Cuántas personas mueren realmente por el calor?
Dominic Royé y Aurelio Tobias
Cada verano, con la llegada de las altas temperaturas, se
publican distintas cifras sobre las muertes asociadas al calor… y no siempre
coinciden. Unas hablan de “golpes de calor”; otras, de “muertes atribuibles al
calor”. Pero ¿a qué se deben esas diferencias?
La respuesta breve es que no todas las cifras miden lo
mismo. En muchos casos, se trata de estimaciones, ya que el calor no siempre
aparece como causa inmediata del fallecimiento. Comprender cómo se estima la
mortalidad atribuible al calor es, por tanto, fundamental para interpretar
correctamente estas cifras.
El golpe de calor es solo la punta del iceberg
El golpe de calor se produce cuando la temperatura corporal
aumenta de forma extrema, generalmente por encima de 40 °C, porque el organismo
deja de regular adecuadamente el calor. Puede provocar confusión, convulsiones,
coma y fallo multiorgánico.
Sin embargo, las muertes certificadas como golpe de calor
representan solo una pequeña parte de la mortalidad causada por las altas
temperaturas. En un estudio internacional con datos de 34 países, mostramos que
estas defunciones suponen alrededor del 1 % del total de muertes atribuibles al
calor en la mayoría de los países europeos, incluida España. En Japón, donde
existe una mayor concienciación social y una vigilancia más estandarizada, la
proporción alcanza hasta el 54 % durante los episodios de calor más extremos.
Esta proporción es baja porque el calor rara vez aparece
como causa directa de muerte. Con mayor frecuencia, desencadena o agrava
enfermedades preexistentes y aumenta el riesgo de fallecer por causas
cardiovasculares, cerebrovasculares, respiratorias o renales. En estos casos,
el certificado registra la enfermedad que causó el fallecimiento, sin
identificar necesariamente la contribución de la temperatura.
¿Cómo estimamos las muertes por calor?
Para conocer el impacto real del calor no basta con contar
los golpes de calor. Es necesario estimar cuántas muertes adicionales se
producen cuando aumenta la temperatura.
El primer paso consiste en analizar, para cada ciudad,
varios años de datos diarios de temperatura y mortalidad. Con ellos se estima
una curva de exposición-respuesta que describe cómo cambia el riesgo de morir
con la temperatura. Esta relación suele tener forma de U o de J. Su punto más
bajo corresponde a la temperatura de mínima mortalidad (TMM), es decir, aquella
en la que el riesgo es menor.
A continuación, se compara el riesgo relativo (RR) observado
a una temperatura determinada con el correspondiente a la temperatura de mínima
mortalidad. En la figura de ejemplo, una temperatura de 30 °C se asocia con un
riesgo relativo de 1,5 en comparación con 20 °C. Esto significa que, a 30 °C,
el riesgo de morir es un 50 % mayor que a 20 °C.
A partir de este riesgo, se calcula la fracción atribuible
(FA), que indica qué proporción de las muertes observadas a 30 °C se debe al
calor, y el número correspondiente de muertes atribuibles (NA). En el ejemplo,
de las 75 muertes esperadas a 30 °C, 50 se habrían producido igualmente a la
temperatura de mínima mortalidad y las 25 restantes corresponden al exceso
asociado al calor.
Este procedimiento se repite para cada día del periodo
estudiado. El resultado no es una cifra exacta, sino una estimación acompañada
de un margen de incertidumbre, que expresa de forma transparente lo que los
datos permiten conocer.
¿Qué causas de muerte están más relacionadas con el calor?
La misma metodología puede utilizarse para estimar la
mortalidad atribuible por causas específicas. En un estudio reciente en España
con datos oficiales de mortalidad del Instituto Nacional de Estadística
correspondientes al periodo 1999-2018, observamos que las enfermedades
circulatorias y respiratorias concentraban la mayor parte de las muertes
atribuibles al calor. También encontramos una contribución relevante de los
trastornos mentales y las enfermedades del sistema nervioso.
Los datos oficiales de mortalidad permiten analizar qué
enfermedades se ven más afectadas, pero suelen publicarse con más de un año de
retraso, lo que impide evaluar de inmediato el impacto de un episodio de calor.
Las altas temperaturas no afectan igual en todas partes
La temperatura a partir de la cual aumenta la mortalidad no
es igual en todos los lugares. Cada ciudad tiene su propia temperatura de
mínima mortalidad, determinada en parte por el clima local y por la adaptación
de la población.
En un estudio internacional con datos de 43 países,
encontramos que esta temperatura oscilaba, en promedio, entre 13 °C en las
zonas alpinas y 26,5 °C en las tropicales. Además, por cada grado de aumento de
la temperatura media anual de una ciudad, la temperatura de mínima mortalidad
aumentaba 0,8 °C.
Esto indica que las poblaciones se adaptan parcialmente a su
clima. Por ello, una misma temperatura puede suponer un riesgo en una ciudad y
no en otra.
El calor moderado también mata
El impacto no se limita a los días más extremos. El riesgo
empieza a aumentar en cuanto se supera la temperatura de mínima mortalidad. Por
eso, una parte importante de las muertes se acumula durante numerosos días
moderadamente calurosos.
Durante el verano de 2025, el más cálido registrado hasta
ahora según la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), se estimaron 10 831
muertes atribuibles al calor moderado –definido como las temperaturas
comprendidas entre la temperatura de mínima mortalidad y el 5 % de las
temperaturas más altas– y 4 880 al calor extremo, correspondiente a ese 5 % de
temperaturas más altas.
En conjunto, estos datos muestran que la acumulación de
muchos días moderadamente calurosos puede producir una carga mayor que la de
los episodios extremos.
Hacia la alerta temprana
España cuenta con un sistema de monitorización de mortalidad
diaria coordinado por el Instituto de Salud Carlos III. Sus datos están
disponibles con rapidez, aunque recogen la mortalidad por todas las causas y no
permiten identificar de inmediato las enfermedades responsables.
Combinando estos datos con las temperaturas registradas por
AEMET, la aplicación MACE monitoriza desde 2023, casi en tiempo real y por
provincias, la mortalidad atribuible al calor en verano España. En Europa,
iniciativas como Forecaster.health utilizan previsiones meteorológicas para
anticipar el impacto sanitario por regiones y grupos de población.
Estas herramientas permiten seguir y prever la carga de
mortalidad con varios días de antelación. Sin embargo, su integración
generalizada en los sistemas oficiales de alerta sigue siendo una asignatura
pendiente.
El calor constituye ya uno de los principales riesgos
ambientales para la salud. Comprender cómo se calculan y qué representan las
cifras de mortalidad atribuible es esencial para valorar su impacto real y
mejorar la prevención en un contexto de cambio climático, con veranos cada vez
más calurosos.

