Las malas hierbas


Olivia Box

A simple vista, las malas hierbas y las flores silvestres no parecen diferir mucho, ya que ambas son categorías de plantas que crecen sin intervención. Pero por lo general se perciben de manera muy diferente: las malas hierbas son una molestia, mientras que las flores silvestres pueden ser más deseables. En un estudio, el autor Neil Clayton explora cómo se han definido las malas hierbas a lo largo de la historia, demostrando que la humanidad a menudo ha definido la naturaleza de muchas más formas que la taxonomía, lo que puede tener sus consecuencias.

Si bien las malas hierbas a menudo se han examinado en un contexto científico o geográfico, con frecuencia se han explorado menos desde la perspectiva histórica o cultural. A pesar de esto, la definición y el discurso que rodean a las malas hierbas se pueden encontrar a través de diversas culturas y períodos de tiempo. Clayton define el problema en cuestión de forma sencilla: “’Malas hierbas’ y ’maleza’ son dos ideas que se han construido y reconstruido a lo largo de milenios. La flora que ha llegado a llamarse mala hierba y nosotros, la especie que la ha llamado así, hemos estado disputando lugares durante unos diez mil años”.

Para estudiar cómo se han definido las malas hierbas a lo largo de la historia, Clayton consultó textos que van desde antiguas civilizaciones hasta escritos más modernos de herbolarios, naturalistas y otros autores.

En general, se podría pensar que se puede determinar qué es una mala hierba a simple vista. Clayton da el ejemplo de un agricultor del Medio Oeste estadounidense que puede considerar las malas hierbas como plantas que le quitan espacio o ganancias a la agricultura. Pero no siempre ha sido tan simple.

Históricamente, las culturas egipcia, sumeria y asiria no tenían una palabra equivalente para “mala hierba”, porque todas las plantas se consideraban útiles. Los griegos, sin embargo, tenían una palabra para categorizar las malas hierbas como “hierbas nocivas”. De manera similar, Plinio y Virgilio tenían palabras para describir las malas hierbas en sus textos, pero no existe una palabra directa en latín. En la Biblia, las malas hierbas se utilizaron como parábolas en el Antiguo Testamento, comparando el afán de la vida con “una batalla contra las malas hierbas”.

Por otro lado, la otredad podía resultar atractiva. Los poetas británicos románticos de los siglos XVIII y XIX a menudo preferían los jardines silvestres sobre los bien cuidados. También elogiaban con frecuencia a las malas hierbas agrícolas comunes por su belleza. El escritor inglés John Ruskin se refirió a los jardines como “algo feo en comparación con la naturaleza salvaje”. En un contexto metafórico similar, Thoreau escribió famosamente sobre los prados y bosques como la verdadera naturaleza.

Las definiciones más modernas continuaron vinculando las malas hierbas con la agricultura o con lo indeseable. En general, estas clasificaciones resultan reveladoras: “Estas síntesis nos dan una medida aproximada de dónde y cuándo algunas plantas se convirtieron en el Otro, y de dónde y cuándo la humanidad, al menos en Occidente, comenzó a conceptualizar y articular la condición de mala hierba”.

También existen diferencias en las definiciones modernas. El director de los Jardines de Kew en Londres en la década de 1960 definió las malas hierbas como “plantas donde no las queremos”. De manera similar, la agricultura moderna en Nueva Zelanda señala a las malas hierbas como obstáculos para la agricultura y la producción, destacando que incluso las especies no nativas pueden ser preferidas si resultan más productivas.

En última instancia, al explorar la historia y las diversas visiones sobre las malas hierbas, Clayton se centra en una conclusión: “Cualquiera que sea la Otredad que puedan poseer las malas hierbas, es el resultado del artificio humano”.

Jstor. Traducción: Horacio Shawn-Pérez

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