La crisis climática en los barrios marginales
Desde que se mudó a un complejo de viviendas sociales en
Bombay hace casi 20 años, Parveen Shaikh se ha familiarizado con los estragos
del calor extremo. Ha adquirido un nuevo vocabulario, incorporando términos
como “hipotensión”, que, según ha aprendido, es una consecuencia de la
dilatación de los vasos sanguíneos para mantener el cuerpo fresco y provoca mareos,
vómitos e irritabilidad. “Los niños pequeños”, observa, “se enfadan más rápido
de lo que solían hacerlo”.
Shaikh no recuerda que la hipotensión fuera un problema
cuando crecía en la pobreza en las aceras de la ciudad, aunque había muchos
otros. Fue una especie de victoria cuando se mudó a su casa como parte de un
programa de reubicación del gobierno. Pero a medida que las estaciones de la
India se han vuelto menos predecibles y sus períodos de calor más intensos, los
defectos en la construcción del complejo de viviendas se han hecho evidentes.
Aquí, no hay mucho espacio entre los bloques de viviendas, y
muchos apartamentos carecen de luz natural y ventilación. El calor, cuando
llega, es ineludible, al igual que sus consecuencias fisiológicas. El día de
finales de enero en que conocí a Shaikh, faltaba más de un mes para el verano,
pero un equipo de médicos ya le estaba midiendo la tensión arterial a la gente
a la sombra de un bloque de viviendas.
El calor es ahora un problema grave y creciente en todo el
Sur Global. Según la trayectoria de emisiones más alta, el aumento de las
temperaturas provocará 6 millones de muertes adicionales al año para 2100,
según estimaciones del Laboratorio de Impacto Climático de la Universidad de
Chicago. Eso es comparable al número actual de muertes anuales por enfermedades
infecciosas. La gran mayoría de esas muertes se producirán en los países más
pobres, donde los más vulnerables son quienes viven o trabajan en el sector
informal: quienes tienen su hogar en barrios marginales o en la calle, o
quienes están empleados en la economía de trabajos ocasionales o la gig
economy.
De hecho, el cambio climático “ya está afectando
profundamente a las vidas de las personas pobres en todo el mundo: primero,
porque viven en lugares que ya son cálidos, y segundo, porque no pueden
protegerse tan bien”, me dijo la economista ganadora del Premio Nobel Esther
Duflo, del Instituto Tecnológico de Massachusetts y del Collège de France, en
el Festival de Literatura de Jaipur, en la India, en enero.
Duflo, coautora del libro Poor Economics, cuya segunda
edición aborda el cambio climático, ve un círculo vicioso en marcha: el cambio
climático empuja a más y más personas a abandonar la tierra a medida que esta
se vuelve cada vez más incultivable, y las expone a una nueva serie de riesgos
en las ciudades hacia las que se ven atraídas.
“No hay forma de pensar en cómo hacer frente al cambio
climático que no sitúe a los pobres en el centro mismo del debate”, afirma Duflo.
Hasta ahora, ese debate ha ignorado a los pobres, con el
resultado de que las ciudades están mal preparadas para emprender los proyectos
de infraestructura a gran escala necesarios para dar cabida a una afluencia
cada vez mayor de personas, dice Duflo. Esto es especialmente cierto en el Sur
Global, que es la región que se urbaniza más rápidamente y donde la mayor parte
del crecimiento es informal, lo que significa que no está coordinado y se
produce al margen de cualquier marco legal. Pero no pasará mucho tiempo antes
de que todos los habitantes de las ciudades, que ya representan más de la mitad
de la humanidad, sientan la presión.
Sin embargo, precisamente por haber sido el primero en
sufrir la crisis climática, el Sur Global también ha estado generando las
primeras soluciones, aunque sean ad hoc. El calor, las inundaciones y el
aumento de las enfermedades infecciosas están obligando a los pobres, en
particular, a ser creativos para sobrevivir. Ellos están encontrando formas de
mantenerse frescos y secos, construyendo resiliencia desde abajo, en gran
medida sin la ayuda de las instituciones oficiales.
Por ahora se trata de una resiliencia fragmentaria, pero
otros están aprendiendo de sus soluciones y, en algunos casos, ampliándolas.
Los investigadores se están dando cuenta incluso de que, a pesar de estar
marginados, los asentamientos informales pueden tener ventajas estructurales
sobre los formales, ya que muchos de ellos combinan una alta densidad y sólidas
redes sociales y económicas con una huella de carbono relativamente pequeña.
Está surgiendo una nueva mentalidad: que el crecimiento
urbano informal puede no solo ser inevitable, sino que también puede ofrecer
lecciones de resiliencia para las ciudades del futuro.
Cartografiando el
calor y la salud
Durante mucho tiempo, los barrios marginales aparecieron
como “puntos en blanco” en los mapas del mundo, señaló ONU-Hábitat en 2003. En
parte gracias a la tecnología de satélites y drones, y en parte gracias a los
esfuerzos de las comunidades informales por cartografiarse a sí mismas, eso ya
no es así.
A medida que la ciudad informal se hacía visible, también lo
hacían los efectos negativos del cambio climático sobre la población urbana
pobre. Ahora los investigadores están estudiando sistemáticamente esos efectos,
para comprender qué soluciones aportarán los mayores beneficios.
Por ejemplo, en un estudio en curso llevado a cabo por
organizaciones de base indias en colaboración con la Universidad de Harvard, se
proporcionaron dispositivos Fitbit a las mujeres agricultoras arrendatarias y a
las trabajadoras a destajo, y se instalaron sensores ambientales en sus hogares
y lugares de trabajo para monitorizar el calor y la humedad en esos lugares.
Los resultados demostraron que estas personas, literalmente, no tienen dónde
refugiarse.
En pleno verano, quienes trabajan al aire libre (la mayoría)
se ven expuestas a temperaturas casi insoportables (35 grados Celsius o más).
“Incluso el agua se calienta tanto que parece que estuviéramos tomando té”,
dijo Subhiben, una participante en el estudio de Gujarat que trabaja
rastrillando salmuera en las enormes salinas de la región. Y a menudo, según
muestran los datos de los sensores, el calor no remite cuando regresan a casa.
Entre los efectos negativos para la salud que estas mujeres
señalan se encuentran el estrés cardíaco, problemas ginecológicos, incluidos
abortos espontáneos, y problemas de salud mental, afirma Sahil Hebbar, médico
de la Asociación de Mujeres Autónomas (SEWA) en la ciudad gujarati de Ahmedabad
y uno de los coordinadores del estudio.
La investigación también está sacando a la luz interacciones
insospechadas, como la que existe entre el calor y la desnutrición. Según
Hebbar, hasta la mitad de las afiliadas de SEWA padecen anemia, que puede estar
causada por una deficiencia de hierro. Esa anemia se asocia con resultados
cardiovasculares mucho peores ante el calor extremo, según un hallazgo del
estudio aún sin publicar.
Otros investigadores están documentando las enfermedades
infecciosas que se propagan en los asentamientos informales, favorecidas por el
hacinamiento y la ventilación inadecuada. La tuberculosis sigue siendo endémica
en la India, donde, según la Organización Mundial de la Salud, se producen dos
muertes por tuberculosis cada tres minutos. Es un problema grave en el proyecto
de viviendas de Shaikh, al igual que en muchos otros en todo el país.
La situación recuerda a los barrios marginales plagados de
enfermedades de Nueva York, Londres y otras ciudades del norte a principios del
siglo XX, salvo que hoy en día la enfermedad es prevenible. “Disponemos de las
herramientas para diagnosticar y tratar al 100 % de las personas con
tuberculosis”, afirma Guy Marks, neumólogo de la Universidad de Nueva Gales del
Sur en Sídney y presidente de la Unión Internacional contra la Tuberculosis y
las Enfermedades Pulmonares.
El cólera y otras enfermedades transmitidas por el agua
suelen repuntar tras las inundaciones, y un estudio de 2025 reveló que uno de
cada tres habitantes de asentamientos informales del Sur Global vive en
llanuras aluviales y corre el riesgo de sufrir una “inundación catastrófica”.
Pero estas enfermedades son ahora un problema también fuera del contexto de las
inundaciones. Mientras tanto, las enfermedades transmitidas por vectores, como
las que transmiten los mosquitos, están en aumento. El geógrafo de la salud
Olivier Telle, del CNRS de París, informa de que el dengue, que transmite el
mosquito Aedes aegypti, está proliferando en los asentamientos informales,
donde el calor va en aumento y la gente almacena agua porque no tiene acceso a
tuberías de agua potable, lo que proporciona las condiciones ideales para que
los mosquitos se reproduzcan.
Y en lugar de quedarse en estos asentamientos, que a menudo
se encuentran en las afueras de las ciudades, el dengue se está extendiendo
hacia los centros urbanos, siguiendo la movilidad humana y las oportunidades de
empleo. El equipo de Telle descubrió que, en Delhi, por ejemplo, los barrios más
ricos tenían una incidencia de dengue similar a la de los barrios empobrecidos,
probablemente porque allí trabajaban más personas infectadas procedentes de la
periferia. “Hay que proteger a los más desfavorecidos para proteger a la
comunidad en su conjunto”, afirma Telle.
Haciendo hogares más
frescos
A medida que se acumulan los datos sobre los problemas de
salud relacionados con el clima, los investigadores están empezando a discernir
qué soluciones de base son las que ofrecen mayor protección. Una de las formas
más eficaces de proteger a los trabajadores del calor extremo es garantizar que
puedan mantener sus hogares frescos, según el estudio de la India y Harvard. El
simple hecho de pintar un tejado con pintura blanca reflectante, por ejemplo,
puede reducir las temperaturas interiores en verano en unos 2 grados Celsius.
Dado que la OMS estima que más de la mitad del parque de viviendas urbanas que
la India necesitará para 2070 aún no se ha construido, Hebbar espera que estas
soluciones sencillas se incorporen a ese futuro desarrollo formal, generando
hogares y lugares de trabajo más adaptados al clima.
Otros piensan en la misma línea. Sheela Patel, con sede en
Bombay y expresidenta de la federación de base Slum Dwellers International,
lidera un proyecto llamado Roof Over Our Heads (ROOH) en el que los habitantes
de los barrios marginales —principalmente mujeres— colaboran con arquitectos e
ingenieros para construir viviendas asequibles y resilientes al clima. Una de
las viviendas de ROOH que visité en construcción en Bombay tenía baldosas
fabricadas con plástico recogido por recolectores de basura informales y
reciclado. Estaba a punto de recibir un techo de láminas de hierro galvanizado
prepintadas, que reflejan el calor.
Hasta la fecha, ROOH ha construido alrededor de 250 viviendas en una docena de países, y la esperanza de Patel es que, al verlas, otros habitantes de barrios marginales tomen prestados algunos elementos o las copien por completo. El objetivo del proyecto es reunir soluciones de amplia aplicabilidad en un único lugar, en última instancia una plataforma web, para que personas de todo el Sur Global puedan acceder a ellas y adaptarlas según sus necesidades. Para ella, es fundamental que las soluciones provengan de las personas más cercanas al problema, de modo que cuando las autoridades decidan finalmente actuar, esas soluciones —probadas y comprobadas— estén esperándolas.
Otros están elaborando planes para reacondicionar
asentamientos enteros con el fin de hacerlos más resilientes al clima: el tipo
de solución que debe implementarse de arriba abajo, por parte de las autoridades
municipales o estatales. En Nairobi, Kenia, por ejemplo, se ha puesto en marcha
un plan de bajo costo para conectar a los residentes del asentamiento informal
de Mukuru al sistema de alcantarillado de la ciudad. Este “alcantarillado
simplificado”, que utiliza tuberías más pequeñas y excavaciones menos
profundas, ya ha dado lugar a una reducción significativa del cólera, a pesar
de que solo está parcialmente terminado.
Este tipo de mejora in situ se considera generalmente el
modelo de referencia para mejorar los barrios marginales, ya que los habitantes
permanecen en sus hogares y se conservan sus vínculos sociales y económicos.
Pero no siempre es posible, según el urbanista José Núñez Collado, de la
Universidad Victoria de Wellington, en Nueva Zelanda. Para algunos
asentamientos informales, la reubicación de toda la comunidad es la mejor o la
única opción, y eso será cada vez más frecuente, afirma, a medida que se intensifique
la crisis climática.
Por ahora, estas reubicaciones suelen llevarse a cabo sin
consultar mucho a los habitantes. Este fue el caso, por ejemplo, de La
Barquita, un asentamiento informal propenso a las inundaciones en Santo
Domingo, República Dominicana, cuyos habitantes fueron reubicados en un
proyecto de vivienda social en 2016. El estudio de una década de duración
realizado por Collado sobre esa comunidad reubicada muestra que se sienten más
seguros en su nuevo hogar, La Nueva Barquita, pero que muchas personas han
perdido sus empleos o ahora deben viajar más lejos para poder trabajar.
Proyectos como el ROOH de la India son intentos de fomentar
un enfoque más colaborativo para mejorar los asentamientos informales, uno que
combine iniciativas de abajo arriba y de arriba abajo, teniendo en cuenta las
necesidades y los conocimientos de sus habitantes. Para Patel, del ROOH, este
enfoque llega con mucho retraso. “Creemos que el clima extremo va a afectar en
el futuro a 2.000 millones de personas que viven en asentamientos informales,
una cuarta parte de la población mundial”, afirma. “Ningún gobierno, ninguna
industria, está prestando atención a esto”.
Lo que está claro es que la ciudad informal no puede
eliminarse. A medida que se acumulan más datos, investigadores como el
científico de sistemas complejos y urbanista Luís Bettencourt, de la
Universidad de Chicago, los están utilizando para demostrar que los
asentamientos informales surgen en ciudades de rápido crecimiento como una
medida de abajo arriba mediante la cual las personas construyen viviendas ante
la falta de una oferta adecuada. “Ofrecen una vía hacia el desarrollo”, afirma.
Ante esto, Bettencourt cree que los gobiernos deberían
colaborar con los pobres urbanos, no solo para reacondicionar los asentamientos
informales, sino también para planificar con visión de futuro, asegurándose de
que las ciudades del futuro sean aptas para la vida, y no solo para los ricos.
Su investigación, que se basa en medio siglo de esfuerzos de las comunidades
informales por cartografiarse y censarse a sí mismas, ha revelado un principio
que, en su opinión, debería guiar todas las políticas futuras. Lo resume en dos
palabras: “Lo informal es normal”.
Knowable. Traducción: Debbie Ponchner


