¿Qué pasó con los huesos de los bisontes?

La matanza masiva del bisonte americano durante las décadas
de 1870 y 1880 no tuvo precedentes. Los lanudos bovinos de las praderas y los
bosques boreales estuvieron a punto de ser cazados hasta la extinción en un
frenesí de exterminio que decimó su población. Había decenas de millones a
principios de siglo, y apenas unos pocos cientos para 1890.
Los animales eran asesinados por sus pieles y sus lenguas,
un manjar culinario, pero también como parte de la campaña de limpieza étnica
para despojar a los nativos americanos de sus tierras. El personaje de John
Wayne en la película por excelencia del colonialismo de poblamiento, The Searchers (1956), establece la
conexión de forma explícita: sin bisontes, no hay comida para los comanches en
invierno. La matanza de bisontes fue una forma de biocidio al servicio del
genocidio, aunque ninguno logró finalmente sus objetivos.
Lo que es menos conocido es que la gran cantidad de huesos
restantes no se quedó allí simplemente descomponiéndose con el tiempo.
Alimentaron una industria extractiva breve pero intensiva que duró tanto como
la materia prima. Una infame imagen de una montaña de cráneos de bisonte cuenta
la historia en la letra pequeña del pie de foto: están apilados fuera de la
planta de Michigan Carbon Works en Detroit. Los huesos eran la materia prima
para las fábricas.
Los huesos se molían para obtener ceniza de hueso, utilizada
como fertilizante, y se quemaban para fabricar negro animal, usado tanto como
colorante como filtro para el jugo de caña de azúcar. El "Homestead
Guano" de Michigan Carbon, por ejemplo, era famoso en las granjas del sur
y del este; a pesar del nombre, no era excremento de ave sino huesos de bisonte
molidos. Mientras tanto, las pieles, cráneos y pezuñas restantes podían
convertirse en cola. Una cantidad menor de hueso se convertía en botones,
mangos de cuchillos, abanicos y varillas de paraguas, siendo el hueso un
sustituto barato del marfil antes de la era del plástico.
El historiador Casey Pallister sostiene que la breve pero intensa era de los cazadores de huesos, aquellos que recorrían la tierra en busca de ellos, debería ser más conocida:
"Los cadáveres de los grandes animales, despojados por
los carroñeros y dejados blanquear al sol de la pradera, resultaron ser
enormemente importantes como fuentes de trabajo, capital, supervivencia e
imaginación en el Oeste de Norteamérica".
El comercio de huesos de bisonte "formaba parte de una
red de industrias de extracción capitalistas bien organizadas" en la que
los cazadores de huesos eran "tanto parte de una clase trabajadora como
individuos oportunistas que buscaban ganar un dólar extra". El
colonialismo de poblamiento se caracteriza en parte por el borrado de la
historia de aquellos que fueron desplazados y reemplazados, por lo que el mito
estadounidense habla de colonos emprendedores que explotaban los huesos. Pero,
como señala Pallister, "cuando uno examina la literatura primaria, es
evidente que los nativos americanos sin duda dominaban la fuerza laboral,
forjando su propio lugar en la industria de la pradera, pero a menudo
haciéndolo por razones similares a las de la mayoría de los colonos blancos: la
supervivencia".
Excluidos de empleos fuera del trabajo asalariado, los
nativos americanos a veces "ejercían un poder considerable sobre el precio
por tonelada de huesos debido a la dependencia que los intermediarios tenían de
su trabajo". Las personas de ascendencia mixta (llamadas Métis en Canadá)
que no estaban sujetas a reservas, en particular, recorrieron a lo largo y
ancho recolectando huesos y llegaron a dominar el comercio. Como escribe
Pallister, "el comercio de huesos demostró ser parte de una búsqueda
continua del cuerpo del bisonte para sustento, así como bienes de comercio en
el sistema capitalista estadounidense". No era "de ninguna manera un
reemplazo para el rico estilo de vida de caza de bisontes del pasado",
pero "a veces revelaba cierto nivel de continuidad cultural".
Los huesos de unos cien esqueletos completos constituían una
tonelada de peso, lo que generaba a los cazadores de huesos entre 4 y 12
dólares, según el mercado. (Edwin Ford Piper menciona "un dólar por
tonelada" en su poema "Dry Bones", citado por Pallister). El
trabajo era duro y una apuesta: "uno podía dar con el 'filón principal' y
acumular un peso considerable en cuestión de horas, pero lo más frecuente era
que hicieran falta días y largas distancias para llenar un vagón o una
carreta".
El auge de los huesos duró menos de dos décadas y, al
devorarse a sí mismo, dejó pocos rastros en el paisaje. Fue una especie de
doble borrado: sin animales, sin restos. Sin embargo, todavía quedan indicios:
antes de recibir su nombre en honor a la reina Victoria, Regina, la capital de
Saskatchewan, era conocida como Pile-of-Bones (Pila de Huesos) porque era un
punto de acopio de huesos de bisonte.
Jstor. Traducción: Horacio Shawn-Pérez
