Hagamos mejores ciudades para la fauna silvestre


Saman Sobhani

En una cálida tarde de mayo, los vencejos chillan sobre los tejados, persiguiendo insectos por encima del tráfico. Un zorro se desliza a lo largo del muro de un jardín mientras las gaviotas se pelean en el techo de un supermercado. Solemos tratar a estos animales como visitantes. Pero también son residentes, y viven junto a nosotros en lugares diseñados para las personas.

Mi investigación reciente sostiene que esto tiene que cambiar. En lugar de preguntarse cómo la naturaleza puede hacer que las ciudades sean mejores para los humanos, los urbanistas deberían considerar qué les deben las ciudades a las muchas especies que ya habitan en ellas. Más de la mitad de la población mundial vive hoy en áreas urbanas, mientras que las ciudades continúan expandiéndose hacia los hábitats de la fauna silvestre.

En el Reino Unido, los vencejos son un ejemplo claro. Anidan en los huecos debajo de los aleros y las tejas, los cuales pueden desaparecer cuando los edificios más antiguos se demuelen, se reforman o se aíslan térmicamente. La población de vencejos en el Reino Unido ha caído alrededor de un 60% desde 1995. En 2021, la especie fue incluida en la lista de aves con mayor riesgo de extinción.

La cuestión no es simplemente cómo podemos hacer que las ciudades sean más verdes; es para quién creemos que son las ciudades.

Para mi nuevo estudio, comparé diferentes enfoques para incorporar la naturaleza en la planificación urbana, como la compensación ambiental, el desarrollo sostenible y las soluciones basadas en la naturaleza (por ejemplo, techos verdes, arbolado urbano y humedales). También examiné casos en los que los gobiernos y los tribunales han otorgado a las especies y a los ecosistemas un estatus diferente en la toma de decisiones.

El patrón que encontré fue sorprendente. Estos enfoques se han vuelto cada vez mejores para demostrar cómo la naturaleza beneficia a las personas, pero están mucho menos dispuestos a preguntarse si las demás especies tienen sus propios intereses.

Los árboles se plantan porque refrescan las calles. Los humedales se protegen porque pueden contener las aguas de las inundaciones. Los parques se financian porque mejoran nuestra salud.

Todos esos beneficios son importantes. Pero también pueden hacer que la naturaleza parezca un simple proveedor de servicios para los humanos. Si un árbol ya no proporciona suficiente sombra, o si un humedal adquiere más valor como terreno edificable, ¿qué ocurre con el argumento para protegerlo?

Aquí es donde entra la idea de la “justicia multiespecie”. Parte de una premisa diferente, en la que los animales, las plantas y los ecosistemas no son simplemente servicios que benefician a las personas, sino cohabitantes de los lugares que compartimos.

Esto cambia la pregunta que se hace el urbanismo. En lugar de considerar únicamente lo que la naturaleza puede hacer por nosotros, se pregunta qué responsabilidades tenemos hacia las especies con las que convivimos.

 

¿Qué cambiaría?

Esto no significa transformar las ciudades en reservas naturales. Puede implicar pequeños cambios en las decisiones que dan forma a la vida urbana.

Por ejemplo, antes de restaurar un río, los planificadores podrían considerar si los cambios propuestos tienen probabilidades de crear condiciones en las que los peces y las ranas puedan prosperar. Luego, podrían evaluar el proyecto no solo por sus efectos en las inundaciones o en el número de visitantes.

Un desarrollo urbano podría diseñarse alrededor de las rutas ya establecidas de la fauna silvestre, en lugar de tratarlas como obstáculos que se deben mitigar más adelante. Las evaluaciones ambientales podrían analizar lo que una nueva carretera le hace a las rutas utilizadas por tejones, murciélagos u otros animales, junto con sus efectos en el drenaje y las emisiones. Algunos lugares podrían dejarse sin perturbar durante las temporadas de reproducción.

Ya existen ejemplos de gobiernos que están experimentando con este tipo de enfoque. En Nueva Zelanda, el río Whanganui fue reconocido como persona jurídica en 2017, y se nombraron tutores para representar sus intereses. El río Atrato de Colombia fue reconocido como sujeto de derechos en 2016, con un sistema de tutela similar.

Estos casos no son soluciones sencillas. Los derechos otorgados a los ríos todavía tienen que funcionar dentro de los sistemas políticos y legales existentes. Las investigaciones sugieren que la implementación en Colombia ha sido desigual. Pero ilustran una forma diferente de pensar: la naturaleza no tiene que justificar su existencia únicamente a través de los beneficios que brinda a las personas.

La idea también está empezando a aparecer en la planificación urbana más convencional. Barcelona ha construido corredores verdes que unen los parques con las colinas que rodean la ciudad para que la fauna silvestre pueda desplazarse a través de ella.

En el Reino Unido, Escocia se ha convertido en la primera nación en exigir por ley el uso de “ladrillos para vencejos” en los edificios nuevos. Estos ladrillos huecos contienen una cavidad para anidar y cuestan unos 30 euros/dólares aproximadamente. Sin embargo, su significado va más allá del ladrillo en sí: trata la presencia de otra especie como algo que debe considerarse al diseñar los edificios, en lugar de un problema imprevisto que se resuelve a posteriori.

En Inglaterra, las iniciativas para exigir estos ladrillos por ley fueron rechazadas por la Cámara de los Lores. En su lugar, el gobierno del Reino Unido ha promovido su inclusión a través de políticas urbanísticas y requisitos de desarrollo.

 

Una forma diferente de diseñar las ciudades

Nada de esto facilita la planificación urbana. Las especies pueden tener necesidades encontradas, y proteger la fauna silvestre a veces puede entrar en conflicto con otros objetivos ambientales o sociales.

Un depredador protegido podría amenazar a una población vulnerable. Preservar un hábitat podría complicar un proyecto destinado a reducir el sobrecalentamiento urbano. No siempre habrá una respuesta sencilla.

Pero esos conflictos ya existen. La diferencia es que a menudo se resuelven utilizando sistemas que otorgan el mayor peso a los intereses humanos. La justicia multiespecie nos pide que hagamos esas elecciones de forma más explícita.

Las ciudades ya son hábitats compartidos. Las aves que anidan en nuestros tejados, los insectos de nuestros jardines, los murciélagos sobre nuestras calles y los organismos de nuestros suelos no están simplemente de paso: son parte de la vida urbana.

El desafío para los urbanistas es decidir si seguirán diseñando las ciudades principalmente en función de las necesidades humanas —añadiendo la naturaleza solo cuando aporte un beneficio— o si comenzarán a tratar el desarrollo y bienestar de las demás especies como una consideración legítima por derecho propio.

The Conversation. Traducción: Clara Veldrán

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