Calles sin nombres de mujeres
Cuando los sociólogos franceses Monique de Saint-Martin y
Pierre Bourdieu acuñaron el concepto “violencia simbólica” allá por 1978, se
aplicó desde un primer momento a cómo las relaciones de poder se manifiestan en
nuestra vida diaria, también en cuestiones de género.
Violencia simbólica es, por ejemplo, que las mujeres sientan
que sus cuerpos no son buenos y que deben cambiarlos, que se impongan sobre
ellas unos estereotipos de género sobre lo que deberían ser o que sean
invisibilizadas en la historia, en lugares y en puestos de poder.
Este concepto puede ser aplicado al paisaje lingüístico de
nuestros pueblos y ciudades, es decir, a todo el material lingüístico
disponible en el espacio público: señales, símbolos, iconos y, claro está,
rótulos de calles.
Comencemos por el principio. Es un hecho demostrado en cada
vez más investigaciones que las mujeres están representadas en inferioridad en
los callejeros. Esto puede parecer a priori poco importante teniendo en cuenta
que para la ciudadanía la única función que parecen tener los nombres de las
calles es que permiten orientarse en el espacio. Sin embargo, son herramientas
al servicio del poder político que determina quién cuenta, quién no y por qué.
Prueba de ello son los múltiples cambios de nomenclatura que suelen darse
cuando hay un cambio político.
No solo una dirección
Por tanto, siendo conscientes de que el nombre de una calle
no es solo una dirección, sino que puede considerarse un mecanismo nada neutral
que reproduce y legitima el poder a través de la conmemoración de una fecha, un
lugar o una persona, bastará dar un paseo por nuestra localidad para comprobar
dónde están los nombres de las mujeres, si es que existen, y qué lugar les
corresponde.
Seguro que si salimos del centro y vamos leyendo lo que nos
dicen los rótulos de cada esquina, primero nos encontraríamos con políticos,
militares, reyes o eclesiásticos, incluso con santos o vírgenes. Conforme nos
alejásemos del centro estaríamos con escritores, artistas, científicos o
maestros, puede que hasta algún noble tenga su nombre en algún rincón. Cuando
llegásemos a los márgenes, a las zonas residenciales, industriales o agrarias
de la localidad, es probable que nos encontrásemos quizás con una escritora,
una política o alguna mujer relevante para la historia local que a lo mejor
usted, que no vive en esas calles y ha salido del centro, ni sabía que estaban
ahí.
📢Suscríbete a nuestro newsletter semanal.
La violencia simbólica en los nombres de las calles de
mujeres no es solo notoria en el hecho de que sean menos que las de hombres,
también es palpable en las condiciones en las que se representan.
Cuantitativamente, las conclusiones del estudio de Dolores Gutiérrez Mora y
Daniel Oto Peralías son claras: de 15 millones de calles españolas estudiadas
entre 2001 y 2020, solo el 12% tienen nombre de mujer.
Por un lado, un estudio que hemos llevado a cabo sobre más
de 1800 calles onubenses demuestra que suelen ser calles de nueva creación, que
bordean los municipios por zonas residenciales, cercanas a polígonos
industriales o que solo tienen urbanizada una acera y la otra es la vastedad de
la campiña. Son zonas que suelen distar bastante del centro de las localidades,
por lo que son vías tendentes al descuido por parte de las autoridades
competentes al carecer de comercios o edificios administrativos cercanos.
Por otro lado, la brecha de género tiene también su
repercusión en las longitudes de las vías. Solo en un municipio, las calles de
hombres son, de media, casi tres veces más grandes (406 metros) que las de las
mujeres (146 metros). Y a esto se le suma que, de media, estas están seis veces
más lejos del centro que aquellas. Esta diferencia también se traslada al tipo
de vía: avenida, plaza o calle forman parte de una jerarquía, siendo las dos
primeras de mayor rango y la última la más abundante.
Además, entre las calles que se han investigado hay casos en
los que el rótulo estaba total o parcialmente dañado, o era incluso
inexistente, en el caso de las mujeres. Es decir, en ocasiones es imposible
saber la denominación de una calle que, casualmente, recibe el nombre de una
mujer.
Puede pensarse que estas placas no reciben más atención dado
que la mayoría están en las afueras, en zonas arrinconadas de las localidades
con poco tránsito, con calles sin apenas asfaltar en algunos casos. Pero
¿correrían la misma suerte si los nombres fueran de hombres en lugar de
mujeres?
Las calles hablan de nuestra identidad: de quienes queremos
recordar, de fechas importantes, de lugares señalados. Y, en más ocasiones de
las que debiera, no hablan de mujeres. Sus calles forman, sin embargo, un
cinturón morado alrededor de pueblos y ciudades, que crecen con los nombres de
ellas y les dicen a quienes las viven, a quienes vienen y a quienes se van:
estamos aquí.
Fuente: The Conversation.