El lodo importa
“El mundo es una delicia de lodo”, escribió E. E. Cummings,
y eso no era ni la mitad de la historia. La vida tal como la conocemos depende
del lodo. El Día Internacional del Lodo, una iniciativa para que los niños
salgan al aire libre y se conecten más con la Tierra, debería ser una
celebración para todos. Porque sin el lodo, o más precisamente, sin los
microbios que se encuentran en los sedimentos fangosos “en estanques, lagos,
pantanos, marismas, estuarios y océanos de todo el mundo”, como lo expresa el
ecólogo bentónico marino Stephen S. Hale, estaríamos en un aprieto terrible (y
sin un hogar en la Tierra).
En 1970, año del primer Día de la Tierra, el ecólogo Edward
Deevey escribió que “el lodo, hábitat esencial de ciertos microorganismos
fundamentales, es tan importante como el agua para la economía de este planeta”.
No exageraba. Medio siglo después, al comentar el trabajo de Deevey, Hale
escribe: “Las razones por las que los hábitats fangosos son cruciales para los
ecosistemas y el bienestar humano se han vuelto aún más evidentes”.
Todo el mundo reconoce el lodo al verlo, pero recordemos que
está compuesto de películas, limos, partículas de arcilla aún más pequeñas,
agua y entre un 3% y un 5% de materia orgánica. El lodo es sucio, viscoso,
pegajoso y tixotrópico, lo que significa que se vuelve más fluido al agitarlo
físicamente. Esta última característica es ideal para gusanos y bivalvos que se
desplazan a través de él vibrando, pero no tanto cuando los terremotos provocan
deslizamientos de tierra con limos y arcillas.
En el lodo, una mezcla saturada de agua, suele haber poco
espacio para el oxígeno, sobre todo a medida que uno se adentra en él. Y es
precisamente en esta zona anóxica (sin oxígeno) donde proliferan los microbios.
"No necesitamos oxígeno", podría ser el lema de estas laboriosas
bacterias anaeróbicas, los pequeños agentes invisibles y subestimados de la
biosfera. También son importantes en la historia de la Tierra, ya que la vida
se originó en un ambiente anóxico; el oxígeno, como es sabido, era un producto
de desecho del primer fitoplancton, algas, cianobacterias y plantas.
Hale comienza su larga lista de maravillas del lodo con las
funciones químicas de los microorganismos que lo habitan. Estos se encargan de
reciclar la materia orgánica y convertirla en nutrientes para la fotosíntesis
de las plantas; impulsar los ciclos biogeoquímicos globales del carbono, el
nitrógeno, el fósforo y el azufre; capturar carbono; y transformar los
fertilizantes de nitrato en nitrógeno gaseoso inocuo, lo que contribuye a
reducir la eutrofización. Calificar estas partes fundamentales del sistema
Tierra/vida como “servicios ecológicos” es quedarse corto.
Más allá de los microbios, las marismas, los manglares y los
pantanos salinos ayudan a proteger las costas de la erosión y las marejadas
ciclónicas. Dado que muy pocos organismos de mayor tamaño (con la excepción de
gusanos y almejas) pueden vivir en el lodo, este constituye un medio excelente
para estudiar climas pasados mediante el análisis de los sedimentos
estratificados en el fondo de los cuerpos de agua.
Y no olvidemos los usos humanos más directos del barro. Las
tablillas de arcilla fueron el primer soporte de escritura conocido. La
cerámica, quizás inspirada por las avispas que construían nidos de barro, fue
una etapa vital del desarrollo humano. El barro se ha utilizado para revestir
estructuras, incluidas las casas. El barro cocido y la paja son materiales
básicos para la fabricación de ladrillos. Mediante la presión geológica, el
barro se convierte en esquisto y pizarra. El barro se utiliza en belleza
(tratamientos faciales) y medicina (pastillas de arcilla para aliviar la
diarrea). Y luego, por supuesto, está el juego.
“Consideremos la lodoesfera”, concluye Hale, “esa tentadora
mezcla de química, física, biología y geología, una parte indispensable de la
biosfera. Elogiar el lodo engendra su defensa”.
En un nuevo elogio al lodo, los geólogos Mark Brenner y
William Kenney ofrecen una introducción sobre cómo los sedimentos de los lagos
continentales actúan como sumideros de carbono. A medida que el carbono
atmosférico alcanza niveles sin precedentes en la historia de la humanidad y,
en consecuencia, eleva la temperatura global a niveles nunca antes vistos, la
importancia de los lugares donde se secuestra el carbono se vuelve cada vez
mayor. Brenner y Kenney comparan el ciclo del carbono en los lagos con el del
dinero en los hogares: sin sumideros de sedimentos, no hay ahorros, lo que
conlleva graves consecuencias.
Jstor. Traducción: Clara Veldrán.
